lunes, 18 de octubre de 2010

CON MOTIVO DEL CENTENARIO DEL NACIMIENTO DEL POETA ESPAÑOL LUIS ROSALES


La palabra encendida de Luis Rosales.

Por Aquiles Julián

“He dejado manuscritos dormitados durante muchos años. No he terminado nunca nada de lo que he empezado. Proyecto con demasiada ambición, quiero redactarlo con justeza y no me llega ni el tiempo ni la ilusión. Moriré cualquier día siendo un escritor en ciernes”.

Luis Rosales

Luis Rosales, el gran Luis Rosales, sigue siendo negado y preterido por el aparato “cultural” impuesto por los áulicos del totalitarismo. Una conspiración de silencio pretende esquilmarle a la tradición poética hispanoamericana a un autor esencial. Ese aparato, al cual Guillermo Cabrera Infante, nombró como la Extraordinaria y Eficaz Maquinaria de Fabricar Calumnias, y que yo en particular llamo La Matraca Canalla, verdadero surtidor de desinformación, calumnias, ataques, manipulación y control de la opinión pública, se ensañó contra Rosales inventando una infamia que le persiguió hasta su muerte, pese a que una y otra vez los hechos, hasta donde pudieron ser esclarecidos, le exculpaban. Más aún, le honraban, porque arriesgaron, tanto él como sus familiares, sus vidas en un momento particularmente letal, siniestramente confuso, en que ambos bandos, los llamados Republicanos y los llamados Nacionalistas, procedían a matanzas horrendas y paranoicas.

Aquel conflicto en que la pasión irracional arropó a España, en que odios de siglos emergieron y la ceguera sustituyó todo razonamiento, todo discernimiento, hoy sabemos que fue instrumentalizado por Stalin para negociar con Hitler (a la vez que se lucraba y saca provecho de las reservas de oro del país). Un libro fundamental: “El fin de la inocencia: Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales” del catedrático de la universidad de Columbia, Stephen Koch, desvela cómo la guerra civil española fue aprovechada por Stalin para forzar a Hitler a pactar, acción que logró en 1939, el Pacto Hitler-Stalin, suscrito en Moscú por los cancilleres de Alemania y la Unión Soviética, que despedazó a Polonia y animó a Hitler a iniciar su carrera de expansión territorial.

Aquellas actitudes extremistas, las declaraciones amenazadoras, los egos inflados, las acciones agresivas y aquel ultraizquierdismo galopante que caracterizó los primerso años de la República, la matonería y las conductas levantistas, anticlericales, marxanas, produjeron una reacción no menos atroz y despiadada. El asesinato de Calvo Sotelo a mano de matones republicanos fue la gota que derramó el vaso. La sublevación o el alzamiento, como se le llama, fue casi impuesto. De inmediato, España se escindió trágicamente. Dos bandos que se odiaban a muerte esgrimieron sus armas y su furia. Y muchos que no eran partidarios ni de unos ni de otros, quedaron pulverizados en el medio, con ambos bandos acusándoles de estar con el contrario.

Los estalinistas, que aplicaban la falaz política del Frente Popular para arropar a socialdemócratas y liberales a dejarse narigonear por ellos, acudieron a los partidarios de la democracia, la libertad y el pluralismo, que hicieron causa común con la República pese a una realidad cruenta e inmisericorde: los estalinistas eran iguales de asesinos. Y no tenían empacho en criminalizar a sus propios aliados. Los asesinatos no se limitaron a los que políticamente les eran adversos y actuaban en el bando contrario, también a los del propio lado que políticamente no se ajustaban a Moscú y a Stalin, como aconteció con los anarquistas, con los del POUM y los tildados de trotskistas.

Aquella criminalidad inenarrable carcomió las posibilidades de triunfo del bando republicano. Y ello era parte del plan de Stalin: España no era más, sin que lo supieran los españoles que pelearon bravamente de ambos lados, que una moneda de negociación con Hitler, un peón a sacrificar. Tanto fue así que luego, para borrar sus huellas, Stalin se dedicó fríamente a matar a sus principales agentes en las purgas que implementó pasada la segunda guerra mundial, como bien deja claro Arthur London en sus memorias estremecedoras de “La Confesión”.

UNA VOZ MAYOR DE LA GENERACIÓN DEL 36, EN ESPAÑA

Luis Rosales pertenece al grupo de escritores que inicia publicando en los turbulentos años de la década del ´30 en España. Fueron años tumultuosos, caracterizados por el enfrentamiento en Europa de dos corrientes totalitarias, ciegamente criminales, que predicaban el exterminio puro y simple de los contrarios.

Fascistas y estalinistas, admiradores de Mussolini y Hitler o de Lenin y Stalin, se ladraban y, en muchas ocasiones, pasaban de los insultos a los balazos. Las vapuleadas democracias liberales eran denostadas y despreciadas por los partidarios de una u otra corriente. En España la radicalización casi no dejó espacio para sostener una posición conciliadora, democrática y sensata. El lenguaje del odio predominaba.

Y en ese ambiente enfebrecido y mortífero, en que el exterminio se predicaba de un lado y el otro, los poetas quedaban forzados a elegir bando y, cuando no, se les asignaba uno, según parentela o simplemente por no estar de un lado se le consignaba en el otro, como le sucedió a García Lorca.

Poetas de la Generación del 36 son Leopoldo Panero, Luis Rosales, Miguel Hernández, Luis Felipe Vivanco, Gabriel Celaya, Juan Panero, German Bleiberg, Dionisio Ridruejo, entre otros.

Es una generación que aporta prosistas y narradores como Camilo José Cela, Miguel Delibes y Gonzalo Torrentes Ballester, María Zambrano, José Antonio Maravall, José Luis Aranguren, José Ferrater Mora, Julián Marías y dramaturgos del nivel de Antonio Buero Vallejo y Alfonso Sastre.

Una generación marcada y condenada por la maquinaria cultural estalinista, que la lapidó sin misericordia acusándola de falangista y subordinada al franquismo, sin discriminar ni cernir, en bloque, simplemente porque no se plegó al estalinismo, no cantó a La Pasionaria, no se dejó encuadrar en los valores y creencias de Carrillo y su banda. Esa maquinaria, que se enseñoreó y adueñó de diversos aparatos culturales y medios de formación y control de opinión, enalteció a los sumisos al estalinismo y descalificó, injurió y ninguneó a los que no se subordinaron a sus dictámenes.

El aparato cultural marxano se vengó en ellos una derrota que Stalin y los extravíos chequistas produjeron sobre todo. Se les negó. Se les rebajaron méritos. Se les desconoció. Eran la generación suprimida, como el mismo Rosales llegó a expresar en una entrevista tras la concesión del premio Cervantes en 1982: “no hay una puerta histórica que gire sino creando un vacío y nosotros hemos sido la generación suprimida, el vacío que necesitaba la historia para seguir siendo historia”.

En España, muchos escritores que buscaban labrarse un espacio propio, fueron atraídos por el aparato cultural estalinista. El PCE enmascaró su acción proselitista en organismos y mecanismos aparentemente culturales, liberales, democráticos. Y una buena parte de los escritores y artistas, que reaccionaban contra los envaramientos del franquismo y sus engolamientos, se inclinaron hacia posiciones contestatarias y cuestionadoras. Eran la progresía, vinculada emocionalmente al PSOE y entrampada en la visión maniquea del PCE (y no olvidemos el embadurnamiento de sangre del PSOE en la España republicana, su compromiso con los crímenes, las Checas y las “sacas”).

De ahí que el aparato cultural liberal, penetrado por el estalinismo, se contrapuso al aparato cultural oficial, y sólo promovieron a los poetas que hicieron causa común con la República y en particular con el comunismo: Miguel Hernández, Rafael Alberti, por ejemplo. Parcialmente a los exiliados e internamente a los que derivaron hacia el PCE o el PSOE. E igualmente se atacaron, etiquetaron y condenaron a los poetas, escritores e intelectuales que no se dejaron engatusar o mancuernar por la ideología estalinista, a los que se tildó de falangistas, franquistas o fascistas, o cualquier otro epíteto según el gusto.

El control del aparato cultural que ha desarrollado el estalinismo, su capacidad de promoción y de forjar nombradías no centradas en obras sino en la simpatía o adscripción políticas, su poder de desinformar, calumniar, excluir y lapidar, han generado más de una autocensura, más de una sumisión interesada y oportunista, más de una aberrante prosternación. De tal manera se han conformado claques, mafias, bandas. Y se han catapultado autores tanto como se han descalificado e ignorados otros. Y en muchos sentidos, Luis Rosales ha sido víctima de este aparato indecente e inicuo.

UN POETA EN MEDIO DE LOS ODIOS RECRECIDOS

¿Tendría que contarse nueva vez la infortunada lucha de los Rosales, en particular de Luis, por salvar a García Lorca, su amigo entrañable, aquel fatídico 16 de agosto de 1936? Lo cierto es que habrá que hacerlo una y otra vez, para impedir que la maldad de quienes hacen causa común con La Matraca Canalla del estalinismo, especie de patología mental que es inmune a todo: datos, hechos, verdades, resultados, que pervive y contamina almas y obnubila juicios, en su afán de controlar los “aparatos ideológicos del Estado”, sea la que se imponga.

La reconstrucción de los hechos, motorizada por los más renombrados biógrafos del inmortal poeta andaluz, indican que Lorca murió fruto no tanto de pasiones políticas como de rencores, envidias y mezquindades familiares, que aprovecharon un momento confuso y particularmente homicida, el alzamiento falangista, en que ambos bandos, republicanos y nacionalistas, se dedican a matanzas incontroladas, a exterminar a todo el que en apariencia les adversa en las zonas territoriales que controlan.

Así, sabemos que existían resquemores con Lorca por parte de las familias Roldán y Alba por aquella tragedia: “La casa de Bernarda Alba”; que se le envidiaba a Lorca su cosmopolitismo, su renombre; que se le criticaba su homosexualidad y su indefinición política: Lorca prefería llevarse bien con todos y manifestaba posiciones contrapuestas en una España que se cerraba a cal y canto en dos posiciones irreconciliables y antagónicas.

Cuando se llevan a Lorca de la residencia de los Rosales el 16 de agosto de 1936, donde acudió a refugiarse, la madre de Luis, doña Esperanza de Rosales, logra que se espere a uno de sus hijos para impedir que se lleven a Federico sin el resguardo de un familiar. Miguel, el hermano de Luis, le acompaña junto a la tropilla falangista que encabezan Ramón Ruiz Alonso y Juan Trescastro Medina, este último casado con una prima lejana de Lorca.

Cuando le trasladan al edificio del gobierno civil, un guardia de asalto golpea a Federico con la culata de su mosquetón. Miguel Rosales pide que no lleven al poeta a los “interrogatorios”, la sala de tortura. Ruiz Alonso acusa a García Lorca de “espía de Moscú”.

Cuando Luis y José Rosales se enteran del caso y van en ayuda, estos se encaran en forma dura con Ruiz Alonso. José Rosales habla con José Valdés Guzmán, gobernador civil, quien le transmite la gravedad de las acusaciones a Lorca: “socialista y agente de Moscú”, ambas mentiras. Al día siguiente, José obtiene una orden de libertad para Lorca de parte del Gobernador militar, Gonzales Espinosa. Cuando entra a la sede del gobierno civil, Valdés Guzmán le dice que ha llegado tarde: “Ya lo habrán fusilado. ¡Y ahora vamos a ver qué hacemos con tu hermano!”, amenazando a Luis por haber acogido a Lorca en su casa. Valdés mentía, esperaba orden de Queipo del Llano para actuar. Valdés telefonea a del Llano y le pregunta: “¿Qué hago con él? Lo he tenido aquí por dos días” Y Queipo le responde: “Dale café, mucho café”. La orden está dada. En un viejo Buick se llevan a Lorca y otros tres. Trescastro Medina alardea: “Yo le he pegado dos tiros en el culo por maricón”.

La situación de Luis, que a diferencia de sus hermanos no pertenece a La Falange es comprometida. Finalmente, terminaron por condenarle a una multa de 25,000 pesetas por refugiar a Lorca. Su valor, sin embargo, se vio opacado por la calumnia que los comunistas le levantaron. Como el poeta Félix Grande expresó, Luis “era consciente de que cuando la calumnia se echa a rodar no hay quien la pare”. El mismo Rosales llegó a expresar: “El hecho de la muerte de Federico fue la toma de conciencia más dolorosa que he tenido en mi vida”. Y su hijo Luis Rosales Fouz nos habla de la repercusión de aquel infausto hecho en la vida de Luis Rosales: Hizo que mi padre viviera con la tristeza de no haber podido hacer nada por salvar a su maestro y amigo, pero con la cabeza muy alta por haberlo intentado y haberse jugado la vida.”

Dura experiencia para un alma joven, ver la inmisericordia consumar un crimen y no poder él evitarlo. Llegó a preguntarse, una y otra vez, cómo un don nadie “se hizo responsable de la muerte de una de las personas más importante que había en España entonces. Y ese es el terrible horror de la guerra” (Luis Rosales Fouz). Afirmaba que aquel crimen le había hecho desconfiar de la política y de los políticos por el resto de su vida. Y sobre indecorosa instrumentalización de aquel crimen inmundo por el PCE el mismo Rosales llegó a expresar en 1979: “El Partido Comunista de España, desde hace cuarenta años, está sacando "tajada" de Federico García Lorca.”

Luis Rosales fue víctima de ambos bandos. Los falangistas le mataron a su maestro y amigo, García Lorca, arrancado de su hogar por la fuerza y asesinado. Y los republicanos le asesinaron a otro gran amigo, Joaquín Amigo, tirado por el Tajo de Ronda.

¿Tendrían, los que se refocilaron en la calumnia y arrojaron cieno sobre la reputación de Luis Rosales la mitad de la hombría que él tuvo para arriesgar su vida por su amigo? ¿Qué acto de valor, de riesgo de la vida, asumieron? ¿Por quién se la jugaron? ¿Cómo hubiesen actuado de haberse visto en iguales circunstancias?

La crueldad inútil de la guerra, ese “terrible horror” fue una conciencia que nunca le abandonó y le hizo escribir versos como

“…la vida entera
cabe dentro de un odio.”

(El naufragio interior)

LA REDENCIÓN POR EL AMOR

Frente a tanta desolación, frente a los frutos amargos del odio entre hermanos, frente a la catástrofe que se cernió primero sobre España y después sobre toda Europa, encenegada en una hecatombe delirante, que arrasó siglos de cultura y lenta acumulación de logros, barridos por la metralla, los bombardeos y la sevicia humana, Luis Rosales se vuelve hacia el amor, el humano y el divino.

Huye de los discursos estentóreos, las artimañas de la muerte, y se refugia en lo que el amor humano puede proveer y en la paz inmarcesible del amor de Dios. A la mujer dedica versos de delicada hechura, construidos muchos de ellos con apego a las formas más clásicas y, a la vez, con imágenes que recrean la tradición poética española y la mezclan con la tradición de la vanguardia.

A Jesús y a Dios dedica sublimes poemas en que el estremecimiento místico y la bendición de la plenitud y el gozo que proporciona la fe se hacen pálpito, vínculo y nutritiva agua de vida que refresca el alma.

Aquellas traumáticas experiencias tempranas le marcaron. De ahí ese tono de oscuro desengaño que late en sus poemas. Esa angustia existencial que puebla muchos de sus versos. Ese recogerse en Dios como vía de trascender tiempos amargos y terribles.

Y por igual su amor por la bendición de la vida, las cosas triviales, la mansedumbre del hogar, los aromas de la tierra y de la mesa, el paisaje que es milagro cotidiano, la amistad y el cariño, el amor que provee consuelo y tibieza en los días en que se gasta el tiempo humano.

Para Luis Rosales “Vivir es ver volver. El tiempo pasa: las cosas que quisimos son caedizas, fugitivas se van. Y esto es morir: borrarse de sí mismo”.

Así vivió:

“…con humildad,

Buscando la palabra precisa”.

(Ascensión hacia el reposo)

UNA POESÍA TIBIA, AMIGABLE, ENTRAÑABLEMENTE HUMANA

Rosales es parte de una generación, la de 1936, que reacciona contra los excesos de las vanguardias retornando a las límpidas fuentes de la poesía clásica española. Se les llegó a tildar de garcilasistas, por su revaloración de Garcilaso de la Vega.

Retomar las formas clásicas, devolver a la poesía sus maneras tradicionales, fueron los principales aportes de esta generación. El soneto, el poema sometido al metro y la rima, los temas tradicionales. Félix Grande destaca: Aún no se ha visto por entero la dimensión que tiene. Es un maestro del soneto, de la copla, del romance”, y no queda ahí, también del verso libre y el poema en prosa.

Poesía que esplende en las pequeñas minucias de la vida, en las vivencias cotidianas, que canta la vida particular, las diminutas alegrías y esperanzas, el milagro sempiterno del amor, la bendición de un cuerpo que comparte su tibieza, de un alimento que destella en el paladar, de la conversación afable, los paisajes fraternos, la misericordia de Dios que nos libra de nuestros desvaríos y perdona nuestra maldad.

Poesía íntima, recogida, que se aleja de la plaza, de las pasiones y controversias que dividen, separan y enfrentan a los hombres, para encontrar la palabra que hermana, que reúne, que convida.

Poesía labrada con paciencia, sin desvivirse por el aplauso y el encomio, macerándose en el recogimiento de años de cuidadoso escardo, de orfebrería detallada. Nada de buscar la claque, el ruido de elogios basados no en el disfrute de la obra, sino en la adscripción política, al margen del valor propio del poema.

El poeta José Carlos Rosales, sobrino del granadino, destaca que su tío solía aconsejar que los libros no debían publicarse antes de diez o doce años, que había que tenerlos esperando. “Creía que uno de los peligros que debía de sortear siempre el escritor era el de publicar demasiado pronto. Su idea era que cualquier publicación es prematura, porque uno siempre se arrepiente de cómo lo ha hecho y luego trata de rectificarlo”.

La poesía es una búsqueda de transitividad en experiencias tan personales, tan intransitivas, que es casi milagro que pueda verificarse la comunicación. El mismo Rosales nos dice:

“A cada hombre le tendríamos que hablar en una lengua distinta,
a cada amigo le tendríamos que hablar con una voz distinta

para que nos pudiese comprender,

pero la lengua personal es tan fiel a sí misma,
tan incomunicable
que las palabras son como ataúdes
y sólo llevan de hombre a hombre
su andamio agonizante,
su remanente de silencio
y su estertor…”
(La cicatriz)

EL OFICIO DESVALIDO DE POETA

La poesía es la más desvalida y menesterosa, anda siempre con los pies descalzos”, expresó en una ocasión Luis Rosales. Aquí, allá, doquier, la poesía es tenida por oficio inútil. Vivimos tiempos prosaicos, signados por lo utilitario, por lo funcional, por lo que puede mercadearse. La poesía es una pasión tan personal, tan íntima, tan recogida y ajena a las modas y afanes dominantes, que muchos miran con desdén. Y sin embargo, para Rosales era un título que temprano adquirió y al que nunca renunció.

Cuando alguien le preguntó qué era lo que más valoraba de su vida, larga y cargada de experiencias, respondió: Bueno, este pequeño título al que nadie le da valor que es ser poeta. Yo nunca he dejado que me lo arrebaten”.

Se reconocía orteguiano. Rosales llegó a afirmar de su maestro: “…fue quien me amuebló la cabeza, quien me enseñó a pensar, quien me ordenó las ideas hasta hacerlas constituir un todo”.

A Luis Rosales, Pedro García Domínguez, filólogo español, lo retrata en adjetivos cargados de encomio: era señor en todo y en todo un caballero: noble y generoso; sabio y prudente. Era gran conversador, infatigable y ameno”.

Otro gran mentor en su vida lo fue José Bergamín, quien fue su primer editor y le guió en sus primeros momentos y de quien cuenta la siguiente anécdota: “Le dije un día: tengo mucha dificultad para expresar con palabras lo que pienso. Y Bergamín me respondió: Luis, no se escribe con ideas, se escribe con palabras”.

Su relación con la poesía es de cultivo paciente, a solas. Llega a decir, en una de tantas entrevistas, que no escribe para los lectores, pese a agradecer que existan. “Escribo por obligación ética, para cumplir un destino al cual estoy llamado; yo soy, irremediablemente, un escritor. Me han preguntado en alguna ocasión: “tú por qué tardas tanto en publicar tus libros?”. Yo a veces he tardado diez años o quince años en publicar un libro, porque a mí lo que me interesa es escribirlos, no publicarlos. ¡Los libros están ahí! Si yo no los publico, otros lo harán por mí; si alguien tiene que leerlos, alguien los leerá; pero quiero separar por completo estas cosas. Primero, que para mí el lector es muy distinto del público; me interesan los lectores, a los cuales debo muchas de las alegrías que he tenido en la vida.

Y hay que hacer otra distinción. Yo escribo únicamente como un compromiso ético que tengo conmigo mismo, con mi tiempo y, naturalmente, con Dios. En esa última relación hay un Dios – para mí, Jesucristo – que es el Tú absoluto; ese Tú, para mí de alguna manera, es siempre el horizonte, hasta en los poetas más blasfemos. De ahí nace ese imperativo que yo siento al decir que escribo por una conformación interior mía que, en definitiva, es un compromiso ético”.

Este es Luis Rosales, poeta, ensayista, hombre de bien, de cuyo nacimiento este 2010 se cumplen 100 años y cuya poesía y prosa son grandes monumentos de la literatura española en el siglo XX.

“El recuerdo se teje

Con doble hilo,

Y de cuando en cuando se recuerdan cosas

Que no han sucedido”.

Luis Rosales

Lea el www.scribd.com el poemario homenaje a Luis Rosales con motivo de los cien años de su nacimiento: http://www.scribd.com/doc/39614861/LA-LUZ-INTERRUMPIDA-Y-OTROS-POEMAS-POR-LUIS-ROSALES-ESPANA

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